Los niños de la Guerra (I)

Lirola

“¡Míralo, allí va!” “¿Quién? ¿El cojo?” “ Sí. Dicen que es el más hueso de todos.”Varias veces yo ya le ví pasar por los pasillos del edifico que ocupaba nuestra Facultad. De estatura alta, ligeramente  cojeando, siempre  llevaba erguida su cabeza, coronada de pelo largo  y completamente gris. Su mirada aguda y afilada se hacía más penetrante cuando se ponía sus pesadas gafas de armazón de plástico negro. Sabíamos que era   el único que se había formado y obtenido la licenciatura  de pedagogo en España. En las cuestiones de idioma su palabra era ley y su opinión no se discutía. Hablaba  ruso, pero con notable acento extranjero. Prefería expresarse en español, sin embargo le gustaba emplear locuciones  populares rusas, que, a veces, debido a su mala fonética le salían tergiversadas, provocando olas de anécdotas entre los estudiantes.

Creo que en cualquier centro docente del  mundo hay profesores cuyos rasgos  o comportamiento peculiares han dado origen a numerosos mitos e historias inverosímiles. Dichas historias pasan de una generación a otra siempre enriqueciéndose y ampliándose hasta  difuminarse la línea divisoria entre lo real e irreal. Lirola tenía fama  proverbial de ser un profesor extremamente riguroso y, además, intolerante a cualquier tipo de patraña. Excusas como: ”Mi vieja tía enfermó, tuve que cuidarla y por eso no tuve tiempo para prepararme la lección” no funcionaban en absoluto. El skype estudiantil prevenía: “Si no estás preparado,  mejor decírselo  sinceramente y no gastar su tiempo y el de la lección en vano” porque lo último le irritaba sobre manera.  Todo esto  corroboraba el hecho de que  había pocos  entre nosotros que  a mediados  del semestre sacaran  buenas notas.

Entre  tanto, su comportamiento  fuera de las aulas contradecía esta fama. Con frecuencia notaba que las  respuestas  devueltas por él  a un común y corriente “Buenos días” no eran formales. Su saludo de respuesta iba siempre acompañado de una  respetuosa inclinación de cabeza. Al  final de las pausas lo vi frecuentemente  pararse y dejar  paso a  los grupitos  de estudiantes quienes, al oír  el  timbre,  corrían en tropel al comedor,  tragando al mismo tiempo sus  bocaditos, para no llegar tarde a la lección. En esos momentos una leve sonrisa se esbozaba en  su ascético rostro, hasta transformarlo y transfigurarlo  como en una apoteosis. Pocos profesores asistían a nuestros  eventos deportivos. En cambio, los españoles  eran hinchas asiduos. Tampoco Lirola faltaba a los partidos de balonmano. Su apoyo enérgico, con  gritos y aullidos, no eran habituales desde el punto de vista del comportamiento de  un profesor soviético. Cuando comenté  su desinhibida conducta a mi compañero de equipo, que además era  estudiante  del último año de nuestra Facultad, éste me replicó: “Ojalá  todos fueran igual de rigurosos y severos que Lirola. Durante los  exámenes no hay otro profesor que te ayude tanto como él  a sacar buenas notas.”

“En general” –agregó- “es una persona agradable a quien,  una  vez   acabadas las lecciones le gusta conversar, cantar, escuchar la música.” Al ver que no lograba disipar mi incredulidad me contó que una vez se había   sentado al lado de Lirola en la actuación de una cantante y bailarina de flamenco española y siempre al final de cada canción tenía que taparse la oreja del lado de Lirola para no quedarse sordo.  Durante los aplausos finales nuestro profesor gritaba  a la cantante entusiasmado y fuera de si: “¡Tírame tu zapato para que yo me lo coma!” La cantante por poco no se cayó del tablado, fruto de lo  inesperadas le resultaron estas exclamaciones españolas,   oídas a miles de kilómetros de su tierra. Mi primer contacto con Lirola se produjo en circunstancias que podían tener  consecuencias desastrosas  para mi futuro. Cada otoño  estudiantes de todo el país debían ir al campo a ayudar “voluntariamente” a los, así llamados, koljoses (granjas colectivas) a recoger la cosecha. Constituían la mano de obra gratuita la que ponían a trabajar desde los Cárpatos, en el medio de Europa, hasta el Pacífico, tratando por medio de ésta solucionar el problema alimentario que azotaba la Unión Soviética. La recolección de  patata era una faena aburridísima, sobre todo bajo la llovizna otoñal. Muchos se enfermaban y pedían permiso para ir a casa a curarse. Con el pretexto de un resfriado fuimos dos compañeros míos y yo a  una ciudad cercana donde tenía que celebrarse un partido de fútbol entre el equipo local de la provincia  y un equipo moscovita de primera división, acontecimiento que no podíamos perdernos en modo alguno. Camino de regreso discutíamos acalorados en el autobús los resultados del partido. Varias chicas de nuestro curso charlaban animadamente en los asientos delanteros, contentas de haberse bañado decentemente en sus casas. En los asientos traseros iba una  pareja que parecía estar luchando  con la modorra. Nada presagiaba el triste final en que acabaría nuestro viaje ya que la pareja eran dos  revisores del comité del PC del instituto. Avisados por la dirección del koljós, venían a esclarecer  las causas del trabajo poco productivo de los estudiantes. Lo escuchado en el autobús les convenció a ellos de que el bajo rendimiento se debía a la falta de  disciplina. El método de elevarla era, según ellos,  el de siempre: castigar de forma  ejemplar y drástica  a varios para amedrentar al resto. El incremento de productividad  no se haría  esperar. Además no había que preocuparse de la búsqueda de los culpables: eran todos los que iban en el autobús.

“Nos dijeron que cuando acabaran los trabajos de campo nuestros casos serían vistos en la reunión general de nuestro curso”, En fin llegó el día de la reunión. El secretario del  comité del partido del instituto pronuncia su discurso acusador. “Mientras todo el pueblo soviético lucha por cumplir y rebasar los objetivos de los planes  trazados por el enésimo Congreso de nuestro  partido, algunos elementos inconscientes y parasitarios siguen  nuestros nombres- no quieren contribuir al proceso de la construcción del      comunismo tanto en nuestro país como en el mundo entero.” Etc., etc. Pienso febrilmente. “Estoy acabado. Desde hoy (las referencias negativas) el estigma de conducta negativa irá a       acompañarme  toda mi vida. ¿Qué va a ser de mis padres que  tanta confianza han depositado en mí?” Siento que el discurso ya está tocando a su fin.“ ... ¡y para tales personas no hay lugar en nuestro Instituto!” Las últimas palabras acusadoras dejaron de tronar en el aire. Silencio absoluto reina en la sala “¿Quiere alguien de los camaradas agregar  algo más al respecto? Los ojos del ponente recorren  la sala y no  encuentran a nadie que desee agregar algo. Entonces recurre a las técnicas infalibles ya probadas por lo visto en otras ocasiones. Se dirige al  grupo de los profesores, también presentes en la reunión. “¿Quiere alguien de los camaradas profesores exponer su criterio? Tras un corto silencio Lirola, con los ojos puestos en nosotros,  se levanta con visible  dificultad y da un paso adelante. “¿No os da vergüenza?” Sin razón alguna lanza la pregunta a nosotros. “¿No os da vergüenza?” Una indignación aún mayor  vibra en su voz cuando él vuelve a repetirla. “Ahora sí, un golpe de remate”, registra automáticamente mi subconciencia. “¿Acaso se podía  esperar alguna otra cosa?  Seguramente esto ya había sido dirigido (concebido) de antemano”, pienso yo.“¿No os da vergüenza amedrentaros  y mantener silencio cuando un  demagogo le echa la culpa a vuestros  compañeros, siendo él mismo culpable por no haber controlado con antelación el estado de los barracones,  de la cocina, de la ropa de trabajo,... Las palabras, aunque dichas con acento, caen precisas y contundentes en la sala. La lista de deficiencias, leída por Lirola, resultó ser bastante larga. “Me abstengo a presentar la nómina de los estudiantes ”, continuó diciendo, “quienes a consecuencia de difíciles y penosas   condiciones  laborales, higiénicas y climáticas tuvieron  que  dirigirse al médico, siendo muy posible la invalidez postrera de algunos.” No acostumbrado a tales visicitudes, el  partidócrata se puso rojo. Sus ojos parecían saltar de las órbitas. Sin cesar   abría  y cerraba la boca de la misma manera que un pez recién sacado del agua. “creo que tenemos que continuar nuestra conversación en otro lugar,” rechistó al recuperarse  momentos después el funcionario,  dirigiéndose     sólo a Lirola y abandonando apresuradamente la sala. “Siempre a su disposición,”  replicó él.En medio de tal confusión la reunión fue rápidamente finalizada sin  decisiones  drásticas. No obstante fue  precisamente esta situación  la que me sirvió de acicate en mis estudios del   español y de los españoles.

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